Babuchas. ¿Conoces el cuento de las babuchas de Abu Kassem?

Si existe un zapato cómodo por excelencia y que reporta un placentero descanso a nuestros pies, esas son las babuchas. Este tipo de calzado es un zapato tradicionalmente marroquí. Sin embargo, su belleza y comodidad ha traspasado culturas y podemos verlo en el mundo occidental como una opción de zapato plano ideal.

Origen de las babuchas

Su origen se remonta al siglo XII en la región oeste de África. En sus inicios, las babuchas (de los vocablos bābūš y pāpuš, que significan ‘cubrir el pie’) eran un zapato ligero y plano de suelas delgadas que cubría el empeine y dedos del pie, dejando el talón al aire.
Las babuchas marroquíes solo eran usadas por sultanes y jeques, ya que estaban realizadas con finas telas y bordados. Poco a poco, este calzado se fue extendiendo utilizando materiales como el cuero con un diseño más austero.

En Marruecos la babucha está hecha con cuero de vaca, camello o cabra. Sus comerciantes las doblan por la mitad para mostrar su elasticidad y buena calidad, que garantizará una excelente comodidad.
En la actualidad es una zapatilla usada tanto por hombres como por mujeres y, aunque lo más común es verla realizada en cuero, las encontrarás en gran variedad de diseños y decoraciones.

En Jaima Alkauzar te queremos enseñar esta tradicional historia que tiene como objeto principal unas babuchas:

Las babuchas de Abu Kassem por Heinrich Zimmer

Hubo una vez un adinerado comerciante que compró unas babuchas. Las usó hasta que estuvieron casi desgastadas y entonces, a causa de que eran muy cómodas, las arregló y las siguió usando hasta que los parches estuvieron deshilachados. Nuevos parches fueron añadidos sobre los antiguos y, aunque los avaros y la gente que no pensaban mucho las cosas aplaudían su economía, las babuchas se fueron haciendo difíciles de llevar, desagradables a la vista, y arrastraban mucho polvo por las calles. Cuando la gente se quejaba del polvo, él siempre respondía: “Si el polvo no estuviera allí, las babuchas no lo levantaría; así que id a las autoridades y quejaros del estado de las calles”.
Las babuchas hacían mucho ruido cuando el comerciante iba por la calle, pero la mayoría de la gente se había llegado a acostumbrar a esto y los otros, que eran muy pocos, tuvieron finalmente que llegar a acostumbrarse.
Así que, con bastante gente aplaudiendo su extremo cuidado con el dinero y otros muchos preparados para acostumbrarse a sus molestias, lo que el resto pensaba no tiene importancia. Tan aceptado fue que hubiera tenido que suceder algo tremendamente insólito para que la gente pensara de nuevo en el asunto.
Y, efectivamente, un día comenzó a suceder. El comerciante había comprado unas raras copas de cristal a bajo precio y esperaba revenderlas y obtener un gran beneficio. Para celebrarlo, decidió ir a los baños turcos y darse un lujoso baño de vapor. Mientras estaba en el baño, comenzó a preguntarse si no debería comprarse unas babuchas nuevas con los beneficios de la venta de las copas; pero entonces desechó esta idea de su mente diciéndose así mismo: todavía me servirán por un tiempo.
Pero, de alguna manera la idea permaneció en su mente y, de alguna manera pareció haber afectado a su pensamiento, a las babuchas e incluso a las copas. Y como veremos, a muchas otras cosas.
La primera cosa que sucedió fue que al salir de la casa de baños, automáticamente metió sus pies en unas babuchas muy caras y se alejó con ellas. Había salido por una puerta equivocada y las babuchas que estaban allí en una posición que correspondía a las suyas pertenecían al juez de la ciudad.
Cuando el juez salió de los baños echó de menos sus babuchas y sólo pudo ver las terribles babuchas del comerciante, que se vio obligado a ponerse para volver a su casa. Por supuesto, como todo el mundo de la ciudad, había reconocido aquellas monstruosidades.
En menos tiempo de lo que se tarda en decirlo, el juez había mandado llevar al comerciante al juzgado y lo había multado fuertemente por el robo.
A punto de explotar de indignación, el comerciante fue a la ventana de su casa, desde la que se veía el río y arrojó sus zapatos al agua. Ahora, pensó, se habría librado de esos instrumentos de perdición, y habría escapado de sus influencias. Pero el poder de las babuchas aún no había acabado…
Poco después, un pescador recogió los zapatos en su red. Tan pesados eran los clavos que les habían puesto en el transcurso de sus muchos arreglos que rasgaron la red.
Furioso con el comerciante, porque como todo el mundo, pudo ver de quién eran, el pescador se las devolvió a su casa, lanzándoselas por la ventana. Cayeron sobre las apreciadas copas de cristal que el hombre había comprado y las dejó hechas añicos.
Cuando el comerciante vio lo sucedido casi explota de rabia. Fue al jardín e hizo un hoyo para enterrarlas. Pero los vecinos, viendo que éste no tenía la costumbre de trabajar, informaron al Gobernador que el comerciante parecía estar buscando un tesoro, el cual, después de todo, pertenecía por ley al Estado.
El Gobernador, convencido de que allí habría objetos robados de gran valor, pidió créditos y se endeudó para adquirir porcelana de gran calidad que siempre había codiciado. Luego, llamó al comerciante y le dijo que entregara el oro enterrado.
El comerciante explicó que él sólo estaba intentando desprenderse de sus malditos zapatos y, después de que el Gobernador hubiera hecho cavar todo el jardín, multó al comerciante con una suma suficiente para que pudiera cubrir sus dificultades económicas, su porcelana y el coste de las faenas de cavar, y además algo por haber hecho que los funcionarios perdieran el tiempo.
El comerciante ahora se llevó los zapatos muy lejos de la ciudad y los arrojó a un canal. Luego, arrastrados por el agua hacia un canal de riego, taponaron un conducto y privaron a los jardines del rey de agua. Todas las flores murieron. El comerciante fue citado tan pronto como los jardineros encontraron e identificaron los zapatos y, de nuevo, fue multado con una gran suma.
El comerciante, desesperado, cortó cada babucha en dos mitades y enterró cada trozo en cada una de los cuatro grandes basureros que rodeaban la ciudad. Aunque ocurrió que cuatros perros, removiendo las basuras, encontró cada uno una mitad y la llevaron a la casa del comerciante, ladrando y gruñendo por su recompensa, hasta que la gente no pudo dlas-babuchas-de-abu-kassimormir o pasear por las calles a causa de su agresividad. Cuando los perros se aplacaron, el comerciante fue al juzgado:
– ¡Honorable juez! – dijo –. Deseo renunciar oficialmente a estas babuchas, pero ellas no quieren dejarme. Por lo tanto, por favor, otórgueme un escrito, un documento legal que atestigüe que cualquier cosa hecha por, con o a través de estas babuchas en lo sucesivo no tendrá relación alguna conmigo.
El juez reflexionó sobre el asunto. Finalmente dijo:
– Puesto que soy incapaz de encontrar en mis libros algún precedente en el que se asuma que los zapatos son personas, en cualquier sentido de la palabra, capaces de ser permutados o de ser prohibidos de hacer cualquier cosa, no puedo acceder a tu petición.
De un modo bastante extraño, tan pronto como el comerciante se compró unos nuevos zapatos (él había estado yendo descalzo), nada adverso le volvió a suceder de nuevo.

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